Arpegios ausentes

  

                                                  

Luce silente.

Extraña aquellas manos

que se deslizaban acariciantes

sobre su afiligranado mástil.

Ha dejado de estremecerse

y de vibrar al unísono

con las palpitaciones de su ejecutor.

***

Un aciago día, tuvo que escuchar,

temblorosas sus manos y en soledad

para ocultar su condición,

el doloroso informe estampado

en un sobre con sello confidencial.

Frenético, quiso desconocer su duelo,

y por unos instantes, se descontroló.

***

De inmediato, anhelando ahogar

un clamor embriagador

en la lobreguez de su inconsciencia,

recordó las secuelas de suprimir

pensamientos dolorosos,

por lo que de inmediato,

inequívoco, buscó amparo

en su inseparable compañera.

***

Con el esmero de una nueva conciencia,

ya más sobrio, si bien confuso,

la miró nostálgica en el rincón de la sala,

erguida sobre aquel testimonial atril.

De reojo, quiso transmitirle

su duda: “ahora qué haremos”.

***

Esposada en la empolvada funda bruna,

vaciló liberarla, buscando un sedante paliatorio.

Pretendió tomar en sus manos,

la reluciente caja de madera

para arrullar sus cuerdas una vez más.

Empero, fue inútil.

Sus intentos fueron abortados

por una intempestiva brisa helada

que surgió de un dolor

adherido a los arcanos de

su alma desarticulada.

Tenaz, recurría a su mente,

aquel nuevo ensayo vivencial

que le arrebataba los proyectos de vida.

***

Durante el agotador régimen,

vivió como un infante hospiciano,

aceptando su infortunio,

y la simiente que le acompañaba.

Abandonó preocupado algunas tareas gratas,

justificado por su disminuido estado de ánimo.

Tenía que consolidar toda la energía

en su bienestar, para encauzarse luego

en una fresca expectativa de vida.

***

Mientras recobraba su poderío,

tejió todo un universo:

se conformaría con mirarla;

primeramente de reojo, después directamente;

quedo la rondaría y amatorio, le gesticularía

al figurar sus vibratos.

A su diapasón, anhelante acercaría el oído,

como si fuera a percibir el apacible vahaje

que fricciona la superficie del manantial.

Imaginándose ya rehabilitado,

la arroparía delicadamente con sus manos,

y optimista, besaría asiduo su ososo trasteado

***

Mas no se concretó su ensueño:

el tiempo se deslizó entre sus manos

y no volvió a rasguear su instrumento predilecto.

Quizá su inconsciente lo amedrentó

para no asociar su pasatiempo preferido

con aquella ingrata experiencia.

Cuando reaccionó de su aislamiento mental,

ya estaba labrando otras formas de arte.

***

Ahora redimido, con sus ojos vidriosos,

le parece escuchar,

inspirado en el centelleo estelar,

el eco de los arpegios ausentes

que vibran en el inconmensurable éter.

Con su mano en el oído,

evoca las melodías de aquellas

inolvidables audiciones:

¿Si pudiera desafiar la barrera del tiempo?

***

Más hoy, su colaboradora inseparable,

ya con sólo cinco cuerdas laxas,

se consume lentamente.

Pronto será un puñado de partículas.

***

Pero está convencido de que si

hay algo más allá del más allá,

su instrumento celestial lo estará esperando.

Y con los acordes musicales aún en sus venas,

ardoroso le declamaría lo que registrara

en su corazón aquella vez, postrado,

bajo los efetos del sedante:

 

Has sido bálsamo en mi desolación;

regocijo en mis tribulaciones;

mis momentos de júbilo has redoblado;

cuando mi copa está vacía,

la colmas de ambrosía.

Hasta el aura, con tus acordes de fondo,

despeja el espinoso sendero para

descubrir nuevos horizontes.

En fin: tus seductoras resonancias,

acrisolan mi alma de impurezas.

***

¡Sólo me pregunto si cuando salga de esto,

te volveré a rasgar!

Comentarios