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Mostrando entradas de agosto, 2024

El Rincón de Luisa. I parte.

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  A  Luisa Barquero. In memoriam Aún permanece en mi retina, la imagen difuminada de la señora Luisa Barquero con su mirada perdida en aquella ventana de la cocina, tomando su imperiosa bebida vespertina: allá en la cima de la montaña, lejos del ruido de la metrópoli, donde una persistente bruma ocultaba el entejado de la vieja casita de madera. Allá en el verdor de las alturas, casi tocando el cielo, en aquel ambiente de tierra mojada,  rocío, cocina de leña y cacharros… Arrugadita y bien recogida, silente saboreaba el humeante café recién chorreado y la bizcotela azucarada, sentada sobre el apolillado banco de madera. Ora lloviendo, ora tronando, ya ante un intenso calor, ya con candelas encendidas, nada la hacía moverse hasta que no terminase su tradicional refrigerio. Plena luego de aquel codiciado trofeo, su rostro parecía irradiar un vigor renovado para retomar la tarea. Con un dinamismo ejemplar, a pesar de una rigidez en su pierna izquierda, la solícita se...

Retornemos la mirada hacia la Naturaleza: nuestro primigenio hogar.

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  Uno de los más grandes laureles que podía experimentar mi espíritu cuando mis hijos estaban pequeños, consistía en verlos entretenerse con el agua del tubo del jardín, y con el agua estancada en el patio después de un copioso aguacero. Avivados por mí, les encantaban hacer huecos con un palo y confeccionar figurillas con el barro y la tierra húmeda. Yo, su más grande y único hincha, los alentaba para que se divirtieran y embarrialaran sin ningún recato. Cuánto disfrutaba ver sus caritas sucias cuando se las frotaban con los deditos impregnados de lodo, haciendo evidente uno de los postulados de Edward Murphy: “cuando se tienen las manos sucias, inmediatamente se siente un escozor en el rostro”. No obstante era más emocionante cuando las lombrices de tierra emergían del inundado hábitat, para poder regular su respiración. Los niños anhelantes, me miraban con la intención de saber si yo aprobaba sus deseos de agarrarlas y deleitarse con esos juguetones anélidos. Sí, sí. Tóm...

Pequeño Edén

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  Hace algún tiempo adquirí un acogedor apartamento en un condominio vertical de cinco niveles. Como amante de la tierra fecunda, lo preferí en el primer piso puesto que contaba con un pequeño jardín; pequeño aunque generoso. Presumí, y así ocurrió, que esa sería una buena opción para armonizar mi red neuronal en esos momentos de inestabilidad. Con ese propósito en mente, poco a poco he ido levantando una diminuta huerta casera con plantas arom áticas, medicinales, afrodisíacas, condimentarias y hasta ansiolíticas y carminativas. Empero con este lindo panorama, he sentido alguna angustia con mis vecinos de “arriba” puesto que tienen a su disposición todo el amplio panorama de mi reducido vergel, y sospecho que subrepticiamente podrían estar vigilando el grado de manutención que le doy. Entonces trato de mantenerlo más o menos limpio, sin malezas y bien maquilladito. *** Para matizar este hospitalario paraíso, en un extremo construí una pileta ovalada donde se deleitan, cual...

Enajenado

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              Un mortal bacilo se la arrebató, cuando faltaban pocos días para que ambos jurasen fidelidad.   Para redoblar su dolor, la prueba gestante: positiva.   Desde entonces, errático recorre una y otra vez las avenidas calles y parques de la concurrida ciudad.   Como androide, conturbado repite a toda hora el nombre de su amada; el nombre de su único amor; el nombre grabado en el reluciente anillo de oro que ahora porta con celo en su anular.   Instintivamente retorna para buscarla, más de pronto olvida qué busca.   Se detiene absorto.   Levanta sus macilentos ojos y de pronto la ve imponente, estática toda, de mirada inmóvil y silueta perfecta, luciendo un portentoso vestido de novia en la vitrina de la gran tienda. Obtuso, le gesticula. Pareciera decirle:                 ...

Angustia crepuscular

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  i Extenuado, abarrotado de imágenes oníricas, y con mi estado mental en un extremo, deambulo lejos del mundo real y más bien me veo peregrinando hacia una dimensión desconocida.   De repente, me encuentro rodeado de hombrecillos perversos, siluetas amenazantes, sombras imprecisas. ¿Eco de periódicas fijaciones?   ii Insólitamente advertido por un verdugo, debo suprimir cuatro de mis cinco sentidos.   ¿Cuáles esposar? ¿Cuál dejar adherido a mí, como eterno compañero en la oscuridad absoluta de mi gélida oquedad?   Sólo uno. Uno solo es la sentencia firme del ejecutor. Entonces cavilo en la pesadez de mi desvarío y repaso cada uno:   iii Inviable renunciar al regalo natural de contemplar el mirífico espectáculo que ofrece la espejeada fontana, cuando pareciera capturar en su superficie, el reflejo de toda criatura celestial que se desliza rauda, por el espacio infinito.   Quie...