Angustia crepuscular
i
Extenuado, abarrotado de
imágenes oníricas,
y con mi estado mental en
un extremo,
deambulo lejos del mundo
real
y más bien me veo peregrinando
hacia una dimensión desconocida.
De repente, me encuentro rodeado
de
hombrecillos perversos,
siluetas amenazantes,
sombras imprecisas.
¿Eco de periódicas fijaciones?
ii
Insólitamente advertido por
un verdugo,
debo suprimir cuatro de
mis cinco sentidos.
¿Cuáles esposar?
¿Cuál dejar adherido a
mí,
como eterno compañero
en la oscuridad absoluta
de mi gélida oquedad?
Sólo uno. Uno solo
es la sentencia firme del
ejecutor.
Entonces cavilo en la
pesadez
de mi desvarío y repaso cada
uno:
iii
Inviable renunciar al regalo
natural
de contemplar el mirífico
espectáculo que
ofrece la espejeada
fontana,
cuando pareciera capturar
en su superficie,
el reflejo de toda
criatura celestial
que
se desliza rauda, por el espacio infinito.
Quiero continuar
advirtiendo
el
semblante investigador de un niño
con sus ojitos de conquistador del mundo,
cuando corre impávido hacia
su progenitor,
en busca de afecto y
seguridad
¿Sacrificar ese grabado?
¡Qué sería de mí sin poder
disfrutar
del inescrutable vuelo
sincronizado
de bandadas de aves que dibujan
prodigiosos contornos en
el infinito,
capaces de sanar un espíritu
debilitado!
iv
¡Cómo ignorar el aroma de
los níveos azahares,
metódicos en su
aparición,
que anticipan, sin
precedentes, una cosecha
colmada de frutos!
¿Dejar de percibir el inimitable
aroma
de la exquisitez fecunda que
se desprende
del interior de un bosque
virgen?
¡Vaya privación!
v
No quisiera desistir de paladear
el cristalino líquido vivificante
que desciende en cascada
de la cúspide de una montaña;
menos, abandonar el
placer de libar
el espeso fluido ambarino,
que exuda de una colmena
en plena producción.
Pronto,
me surge la pregunta:
Y
la notificación de estas emociones, en mi ser
¿qué
se apague?
vi
¿Olvidarme del tacto?
Empero, dejaría de percibir
los recónditos movimientos
oscilatorios
que se transmiten desde las
entrañas de la Tierra,
como una viva manifestación
del dinamismo allí existente.
Y mi capacidad de
asombro, ¿dónde quedaría?
¡Cómo renunciar al placer
de estar tumbado
sobre la alfombrada
hierba,
con los brazos
extendidos,
mientras el calor solar
instala su poder curativo
en cada uno de mis espacios corporales!
¿Y arrebatarme estos
momentos de gozo
cuando más bien quiero
mantenerme estacionado en
ellos?
vii
¡O acaso, renunciar a
escuchar
el recital de gala que
inunda la selva tropical
cuyos trinos musicales rebotan
de rama en rama,
proyectando sosiego en el
espíritu
de un decaído receptor!
¡O quizás, nunca más percibir
el sonido que nace del ordenado
ajuste
entre los instrumentos
metálicos,
ejecutando el dramatismo
de un oratorio
mientras en el proscenio,
bajo el efluvio
de las vibrantes notas
musicales,
los corazones se
emparejan
y se funden en un solo
latido!
viii
¡Oh insoportable
inmolación!
No hay más tiempo:
con mi hostigador encima,
debo fallar ahora.
Pero consistente, en mi
angustia crepuscular,
me adhiero a ese último prodigioso
entorno.
ix
Exculpación:
¡Qué se esperaba de un
melómano novelero
revestido de sueños
inmortales,
que, batuta en mano,
creyéndose en un podio
de reflectores
parabólicos rodeado,
y ante una agrupación fantástica
de cuerdas, metales y
percusión,
vehemente oscila sus brazos,
sacude con furia la cabeza
y multiplica fuera de si
su difuso corazón, al
compás
de la vibrátil obertura,
para sentir en la
polifonía
el latido de su vida¡

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