Pequeño Edén

 

Hace algún tiempo adquirí un acogedor apartamento en un condominio vertical de cinco niveles. Como amante de la tierra fecunda, lo preferí en el primer piso puesto que contaba con un pequeño jardín; pequeño aunque generoso. Presumí, y así ocurrió, que esa sería una buena opción para armonizar mi red neuronal en esos momentos de inestabilidad.

Con ese propósito en mente, poco a poco he ido levantando una diminuta huerta casera con plantas aromáticas, medicinales, afrodisíacas, condimentarias y hasta ansiolíticas y carminativas.

Empero con este lindo panorama, he sentido alguna angustia con mis vecinos de “arriba” puesto que tienen a su disposición todo el amplio panorama de mi reducido vergel, y sospecho que subrepticiamente podrían estar vigilando el grado de manutención que le doy. Entonces trato de mantenerlo más o menos limpio, sin malezas y bien maquilladito.

***

Para matizar este hospitalario paraíso, en un extremo construí una pileta ovalada donde se deleitan, cual salidas de una fábula de Esopo, mis mascotas Diana, Eros y Eneas: tres emblemáticos quelonios que no hacen más descansar de su ajetreada vida, además de comer lechuguilla, pepino y alimento peletizado.

La primera encarna el paso inexorable del tiempo puesto que está en plena senectud y muestras ya pronunciadas patas de gallo. De ahí que cuando la observo, viene a mí el tormentoso tic tac que marca el péndulo de un reloj de pared. Además cojea y presenta un gracioso muñón en una pata trasera, pero tal ocaso no la inhibe de disfrutar a sus anchas de la refrescante agua, su pasatiempo favorito.

Eros es el macho apuesto y veloz del ecosistema. Los trazos delicados de su caparazón y su oscilante caminar, le dan un atractivo especial que hacen referencia al dios de la pasión y la fertilidad. Y es que efectivamente lo he pillado mirando de reojo, con cierta lascivia, a su compañera de piscina.

Eneas representa lo insustancial puesto que sus congéneres ni lo suman ni lo restan. En realidad pasa inadvertido y cuando se le antoja, desaparece del pintoresco escenario para cumplir con su proceso natural de hibernación.

Llama la atención que a pesar de su aparente sumisión, estos tres cachazudos representantes de la longevidad, ante algún estímulo visual prenden los motores y a paso de tortuga, deambulan por aquí y por allá haciendo caso omiso del calentamiento global, y de toda la problemática que envuelve a sus semejantes en este maltrecho Planeta.

No obstante, con este simpático horizonte debo ser cauteloso con algunos vecinillos que se muestran recelosos con el asunto del agua en la pileta. Entonces por precaución, la cambio periódicamente y así evito que Aedes se materialice y con él aparezcan el dengue, la chikungunya y el zika. De hecho, algún agorero del quinto piso llamó a la administración para quejarse, porque jura haber visto en el agua - posiblemente utilizando prismáticos 5D- larvas del susodicho culícido.

***

En el mencionado huerto atesoro albahaca, tomillo, cebollinos, hinojo, romero, eneldo, estevia, un par de cítricos injertados y perejil; este último para neutralizar, si fuese necesario, el molesto tufo de la cebolla.

Además recientemente adquirí una matita de orégano; la misma que los enredados biólogos denominan Origanum vulgare L. 1753, un pequeño arbustillo al que se le atribuyen múltiples usos medicinales y gastronómicos. Debido a su rápido crecimiento, tuve que trasplantarlo a una maceta más grande y fue todo un éxito, puesto que se ha adaptado bastante bien a su nuevo domicilio.

Admirado he observado como algunas ramas poseen un ligero ángulo de inclinación hacia los altavoces que tengo en lo alto de mi sala de audición. Sospecho que debe ser el llamado efecto Mozart, haciendo eco sobre las hormonas de crecimiento de mi consentido orégano, para que levante vuelo. Tal es su complacencia que en corto tiempo se ha convertido en un arbusto de 2.5 metros de altura cuyo ápice ya está llegando a la ventana del apartamento de arriba.

Por supuesto, otros vecinos aéreos, los del grupo de los benévolos, disfrutan de este panorama. Por ejemplo don Gaspar, un ciudadano de oro -en la nomenclatura actual-, del segundo piso que siempre porta un chonete con la inscripción “pura vida”, me visitó para “pulsearme” unas ramitas de orégano. Gustoso accedí y me explicó que no eran para usarlas como gastronómico, sino para hacerse una infusión y utilizarlo como espasmolítico.

Posiblemente se lo tendré que suministrar con cierta periodicidad, no porque él no pueda comprarlo, sino porque me dice que lo prefiere “de la mata a su mesa”.

Se me ha ocurrido que con ese gran crecimiento, cuando mida unos tres metros, mi octogenario vecinito no va a tener que pedirme más orégano, sino que él, sintiéndose como en su propio ecosistema casero, podrá sacar la mano por la ventana y tomar con plena confianza, las hojitas y cogollos que necesita para contrarrestar sus espasmos.

Así que le pediré a don Gas, que aunemos las vibraciones energéticas de alta frecuencia para acelerar aún más el crecimiento de Origanum vulgare. ¡Quizá llegue al tercer piso!

***

Reflexión final

De este pequeño edén, como si se tratase de un pulmón verde en medio de una ciudad deforestada, sólo obtengo preciados dividendos: de él cosecho diversos ingredientes para el arte culinario; me provee plantas medicinales para mí y para mis vecinos colindantes; es mi fuente de vitamina D cuando el sol disemina sus vivificantes rayos sobre el área; ahí me lleno de paz, después de que los medios de comunicación me han saturado de noticias desalentadoras, y han señalado exiguos informes estimulantes. 

Pero también acá se abre un panorama distinto, colmado de mensajes que no se perciben, quizá por esa escondida senda de la que habla el poeta español, en donde el mundanal ruido oscurece nuestros sentidos; donde ese pandemónium paraliza la conciencia y nos priva de tantas experiencias hermosas:

Ahí fascinado, admiro la intensa laboriosidad de las arañas tejedoras para atrapar su presa, trabajo que se me ocurre comparar con el doble esfuerzo laboral de muchos emprendedores con idéntico fin, después de una calamidad mundial.

Ahí, en ese natural centro de enseñanza, recibo una estupenda lección magistral, al escuchar el zumbido apacible de las abejas succionando los azahares, sin preocuparse de dónde obtendrán mañana la ambrosía que les permitirán construir la colmena.

Descalzo y en introspección, ahí distingo con claridad las ondas vibratorias que vienen de las entrañas de la Tierra, denunciando que aquel equilibrio del Planeta, otrora perfecto, está fracturado y cada vez más los platillos de la balanza se desfasan.

Ahí también advierto el suplicante susurro de la agonizante biota, que envía un llamado de auxilio a todas aquellas almas altruistas que quieran atender su desventura.

¿Interrogantes? ¡Basta ya!

Congreguemos nuestros pequeños esfuerzos, cada uno desde su nicho, para intentar redimir esta hermosa burbuja verde.

r.c.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Caos en la ciudad

Sempiterna hermandad

La bailarina del joyero musical: drama en el escenario [1]