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Mostrando entradas de diciembre, 2024

Sempiterna hermandad

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  Inspirado en Anavita y Elodia Vega                                                                                                I Juntas, siempre juntas, casi fusionadas como siamesas compartiendo una sola inhalación, un mismo soplo de vida, una misma sangre.   Se consideraban, y ufanas lo decían, hermanas idénticas, con una diferencia de once meses. Once meses y dos días.   Parecían dos gotas de rocío que penden de una hoja; dos estrellas lejanas con el mismo centelleo; dos briznas de algodón blanco recién cosechado.   De las pesadas huellas que exhibían sus rostros atezados, era posible argumentar los incesantes tropiezos propios de una vida carente...

Funeral

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Una avalancha de emociones, avivó la profundidad de su ira aquella luctuosa mañana.   Conmocionada, sus ojos diamantinos como gotas de agua congelada, se clavaron en mis agonizantes entrañas.   Ante tal impetuoso trance, las estrellas se disfrazaron, y repentinamente el cielo se eclipsó para dar paso a un funeral.   Una pasión desahuciada y un juramento de unión fracturado, en él venían y no se miraban: Eran invidentes.   Cerca, muy cerca del cortejo, aquella desabrigada cabaña, testigo de frecuentes encuentros apasionados, encubierta se agrietó, no si antes ser refrendaria de dos lamentos: el de un lánguido mirlo pardo y el de un débil corazón atravesado. Mas no eran invitados…   En la lejanía, el mar ensimismado, de un tono gris como ceniza moribunda, lanzó grandes oleadas. Aguas adentro, brotaron melancólicas voces mortecinas; acaso el plañido del silbante viento:   ¡Oh! Jamás retornarán como era costumbre, entrelazadas las manos y descalzos, dibujando f...

Apología del campesino

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  i Llovía torrencialmente. La noche exhalaba un vaho glacial que crispaba los huesos del valiente campesino. La furia de los relámpagos iluminaba el desabrigado potrero proyectando enigmáticos contornos gigantescos, mientras que los truenos retumbaban en el aire. Parecía que se alejaban y luego volvían con más fuerza, en abierta competencia con los poderosos chispazos que iluminaban toda la zona. Luego, una acentuada oscuridad interrumpida únicamente a intervalos, por la luz azulada que despedían los cocuyos con su desordenado vuelo. El estremecedor ambiente no disminuía la templanza del impávido trabajador, cubierto parcialmente con una bolsa plástica para paliar las gotas de agua que, como afiladas agujas, cortaban su rostro. Portador de una extraordinaria fuerza mental, no se dejaba intimidar por las sombras de esos monstruos de mil cabezas que parecían tomar vida con cada descarga eléctrica; sobre todo aquel colosal prodigio que parecía desplazarse en esas instancias, pe...