Apología del campesino

 

i

Llovía torrencialmente. La noche exhalaba un vaho glacial que crispaba los huesos del valiente campesino. La furia de los relámpagos iluminaba el desabrigado potrero proyectando enigmáticos contornos gigantescos, mientras que los truenos retumbaban en el aire. Parecía que se alejaban y luego volvían con más fuerza, en abierta competencia con los poderosos chispazos que iluminaban toda la zona. Luego, una acentuada oscuridad interrumpida únicamente a intervalos, por la luz azulada que despedían los cocuyos con su desordenado vuelo.

El estremecedor ambiente no disminuía la templanza del impávido trabajador, cubierto parcialmente con una bolsa plástica para paliar las gotas de agua que, como afiladas agujas, cortaban su rostro.

Portador de una extraordinaria fuerza mental, no se dejaba intimidar por las sombras de esos monstruos de mil cabezas que parecían tomar vida con cada descarga eléctrica; sobre todo aquel colosal prodigio que parecía desplazarse en esas instancias, pero que en la quietud de la noche, parecía disfrutar de la penetrante soledad nocturna: el frondoso árbol de jocotes que lucía imponente aventajando al resto de la vegetación.

Le había tomado la noche reparando el alambre de púas de la gastada cerca que delimitaba la finca. Satisfecho de su trabajo, decidió regresar a su morada, dirigió un último vistazo y murmuró:

¡Suficiente! ¿Para qué más? Mañana tempranito terminaré lo poquito que me falta.

Ya era hora de estar con su familia para acompañarla, y saborear una apetitosa olla de carne bien calientita.

ii

Estaba acomodando sobre su espalda el pesado bulto de herramientas, cuando alarmado, notó de reojo que algo se había apartado a unos 25 metros de distancia.

Con su inseparable sombrero, más pesado que de costumbre por el agua retenida, sigiloso se dirigió pausado hacia aquella cosa fantasmal que se movía, y que parecía cobrar vida cada vez que un rayo iluminaba el área en toda su extensión. No podía dejar de mirar hacia atrás, al frente, a ambos lados.

Por unos instantes revivieron en su mente algunas imágenes de la infancia, cuando la familia se reunía al anochecer en torno al acogedor fogón de leña, para especular sobre todo tipo de leyendas campesinas, y con ello terminar la faena cotidiana.

iii

Vivía en una casita rústica, enclavada en el monte; allá donde el cultivo de la tierra era una actividad atemporal, sin hora de entrada ni salida; allá donde no había médico, y la sabiduría campesina advertía que había que macerar hojas de apazote en alcohol, para aliviar un fuerte dolor de muela; allá donde el campesino laboraba bajo las inclemencias del tiempo y el consumidor citadino ignoraba quién había puesto las verduras y hortalizas en su mesa; ahí, donde la precoz oscuridad de la tarde, invitaba al agricultor a pasar muchas noches buenas.

Su tiempo lo consumía la acogedora finquita a la cual se había consagrado, para la manutención de su adorada familia. Era el prototipo del labriego bondadoso; bondadoso pero enérgico; fuerte como un roble de sabana; tan dadivoso como la montaña fecunda que lo engendró y lo envolvió con su aroma a mantillo fértil.

Ahí dejó una parte de su gallardía; el resto debió guardarla; quizá tuvo premoniciones de lo que le depararía la vida futura: acaso estaría preparando su espíritu, ante una inevitable expropiación de la finca por parte del estado, para construir ahí mismo, un acueducto metropolitano.

El tiempo libre los dedicaba a participar activamente en las fiestas populares que periódicamente se organizaban para generar fondos económicos y así construir la ermita de la localidad, además de colaborar con el patronato escolar de su localidad.

Como padre de familia pensativo, y queriendo que sus hijos tuvieran una actividad diferente a la suya, decidió enviarlos a la escuela sin escatimar esfuerzo alguno.  Echó mano a la magnanimidad de la ubérrima tierra para duplicar aún más sus esfuerzos y salir victorioso con la escolaridad de su numerosa familia.

En su afán de ofrecerles un abanico de opciones, tuvo la idea de adquirir una pequeña marimba de un solo teclado como regalo a sus hijos, quizá para inculcarles alguna devoción por la música.

iv

En ese paradisíaco lugar, parecía que los complacidos árboles frutales competían entre sí para ofrendarle al abnegado agricultor, los mejores productos como retribución a las atenciones que él les brindaba.

Como un regalo de la naturaleza, en los días húmedos las gotas de agua quedaban atrapadas sobre las tejas de barro cocido que cubrían el techo de la humilde casa, formando miles de diminutos arco iris que le daban al tejado un alucinante aspecto iridiscente.

Al fondo, descendiendo sosegadamente de la cima del monte, se oía límpido el sonido de la cristalina acequia, donde las piedras verdosas construían numerosas y pequeñas cascadas, invitando al agricultor a calmar la sed, después de horas de remover y limpiar el terreno con su inseparable pala.

Este continuo desfile de soportes espirituales, constituía una hermosa manifestación de la naturaleza, soberana e imponente, para todo aquel que, como este afable labriego, en constante comunicación con el entorno, su mejor instructor, sabía saborear estos regalos sin ninguna inversión.

Parecía que estaba conectado con la fuerza del momento presente, soslayando el resultado de las cosechas futuras, siempre inciertas, o las amenazas de los impredecibles índices del tiempo regional.

En ciertas ocasiones cuando me alejo del bullicio de la ciudad y siento el lozano aroma de la tierra húmeda, me parece ver por los senderos de algún cafetal, el perfil airoso de aquel atrevido labrador, conduciendo con soltura sus arrogantes bueyes y la carreta colmada de leña para los menesteres domésticos.

v

Sin detenerse, aquella fría noche el corajudo hombre se acercaba decidido cada vez más al inexplicable objeto blanco. “Necesito saber qué es” discurría con cierta angustia, aunque eso no lo inmutaba en su afán por saciar la curiosidad que lo invadía.

Avanzaba cauto, machete en mano, listo para defenderse ante cualquier eventualidad. Faltaban unos cuantos metros para despejar la incógnita, cuando de pronto la extraña silueta hizo un brusco giro, levantó la cabeza, movió el enorme rabo y sus grandes ojos negros, confundidos con la oscuridad reinante, los clavó en el rostro del sorprendido campesino. Entonces el ciclópeo maisol bayo, de unos 600 kilos, que tenía una gran mancha lechosa en el costado derecho, se levantó sobresaltado y bramando se fue a escampar a otro lado.

¡Ah… eras tú condenado! ¡Qué susto me has dado!...

Ya estaba satisfecho. “¡Ah, cuál segua; cuál llorona!”. y un gesto de victoria apareció en su rostro mojado. Inmediatamente retornaron de nuevo a su mente, las inquietantes conversaciones en aquel acogedor fogón.

Después de una pausa, emprendió cabizbajo el regreso a la casa, alumbrándose con su potente linterna.

“Voy a contarles a los güilas lo que me pasó esta noche, por si les pasa algo parecido, no vayan a quedarse con algún miedo.”

Posiblemente esa era su directriz, producto de aquellas conversaciones cuando en su niñez, sentado en un rincón de la cocina, y con la serenidad que absorbía de su inseparable hermano gemelo, escuchaba a los mayores contar historietas de fantasmas, de jinetes sin cabeza, y narraciones de leyendas sobre hechos que, dentro de sus particularidades, consideraban sobrenaturales.

Había aprendido a despejar cualquier incertidumbre ante aquellos eventos aparentemente inexplicable. De alguna manera, intuía el posible daño que podía ocasionarle a un niño, almacenar en su inconsciente tales experiencias traumatizantes para toda la vida, como la que él enfrentó esa noche.

vi

Después de tales cavilaciones, detuvo su marcha, apagó el foco y alzando la mirada, observó con ternura la casita envuelta en penumbra. La tenue luz de una candela que parpadeaba como si estuviera agonizando, le servía de guía. Ahí lo esperaba la mesa familiar donde acostumbraba a saborear uno de sus preferidos alimentos, elaborado con las verduras que él mismo había cultivado con sus callosas manos.

Retrasó una vez más su paso, e inmediatamente un gesto de gozo invadió su semblante, al escuchar una marimba traveseada por cuatro mocosos que intentaban interpretar y entonar una melodía que evocaba la música de la Guaria Morada.

A la distancia, se escuchó el sonido de las campanas de la ermita Niño Jesús de Praga, sentenciando las ocho de la noche.

r.c.

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