Sempiterna hermandad

 

Inspirado en Anavita y Elodia Vega

                                                                            I

Juntas, siempre juntas, casi fusionadas como siamesas

compartiendo una sola inhalación,

un mismo soplo de vida, una misma sangre.

 

Se consideraban, y ufanas lo decían,

hermanas idénticas, con una diferencia de once meses.

Once meses y dos días.

 

Parecían dos gotas de rocío que penden de una hoja;

dos estrellas lejanas con el mismo centelleo;

dos briznas de algodón blanco recién cosechado.

 

De las pesadas huellas que exhibían

sus rostros atezados, era posible argumentar

los incesantes tropiezos propios de una vida

carente de oportunidades; sí de mucho dinamismo cotidiano.

Del análisis superficial de sus miradas,

una estela de sabiduría aldeana;

un aire devoto característico de esos escasos seres altruistas.

 

Ninguna engendró prole, puesto que dedicaron

intensamente sus vidas, a cuidar a sus hermanos.

Así, aprendieron a quitarse la ración de sus bocas

para dulcificar parcialmente la angustia

de tan numerosa familia.

II

 

Allá en la cumbre, casi rozando el cielo,

con las algodonosas nubes acariciando sus longevidades,

 

ambas se repartían los quehaceres cotidianos en su humilde choza,

sin más compañía que una constante bruma y un vetusto poró,

cuyas flores formaban una sugerente alfombra azafranada.

 

El reluciente piso de tierra destacaba en la cocina,

así como el antiquísimo hornillo de metal,

reliquia y patrimonio de la madre,

y un viejo rosario que colgaba en la pared.

 

Ocasionalmente se les veía caminando despacio,

sumamente despacio, encorvadas

y arrastrando sus pies,

cuando por imperiosa necesidad

tenían que visitar al boticario para adquirir

borraja, artemisa, manzanilla o

flores de tilo, y así elaborar el brebaje

que les daría alivio fugaz a sus lábiles cuerpos.

 

El brazo de una era el cayado de la otra,

puesto que no había recursos para adquirir

algún bastoncillo que les sirviese de soporte:

apenas contaban con un vergonzoso subsidio estatal,

que penosamente les permitía llevar algún bocado

a sus estómagos, cada vez más diezmados.

 

III

Es 24 de diciembre.

Con una sonrisa nerviosa,

las dos avanzan torpemente

por las citadinas avenidas atiborradas de vehículos,

ignoradas por peatones y conductores.

 

No falta alguna fiera tras el volante

que despida cierta grosería o burla

hacia las marchitas octogenarias.

Rebuscan alguna tienda de ropa usada,

donde comprar un delantal o algún cariñito,

pues hace muchas navidades no se reparten

algún estímulo entre ellas.

 

Esta vez van tan juntas, tan próximas, tan cercanas,

que parecieran un solo cuerpo,

con una extraña premonición que les estruja el pecho.

 

Al fin encuentran lo que satisface sus ansias.

Entonces deshaciendo el nudo de

sus amarillentos pañuelos,

cada una toma algunas monedas

y cancelan la modesta inversión.

 

Complacidas e inmensamente felices,

visualizan el momento álgido

de la repartición de sus presentes

en la diminuta sala de la casa,

bajo el calor de la vela que alumbra el pasito navideño.

 

Caminan unos metros, cuando súbitamente

la menor recuerda un pequeño detalle:

 

¿Ah…hermana, y el papel de regalo?

Espérame aquí. No te muevas…

 

Como si hubiese transcurrido un siglo,

ante la prolongada ausencia de su inherente compañerita,

la mayor entra en espasmos.

 

 Oh… Maldición. Por qué no fui con ella…

 

Perceptiva, ante los gritos de curiosos

que en corro observan algo sobre el suelo,

la mujer, sin soporte alguno, se acerca

y ve aquel dantesco escenario:

una agonizante transeúnte yace en el pavimento

ante el estupor de decenas de inoportunos.

 

La víctima aparece como abrazada a un paquete

y a un ensangrentado papel semejante

a los que se usan para envolver regalos navideños.

 

Con suma dificultad, la anciana se inclina

y con sus últimos arrestos, desesperada

abraza el sanguinolento cuerpo.

 

Espérame ingrata. No me abandones.

No seas egoísta. Llévame contigo…

 

Mas no puede ser escuchada.

El último hálito de su inherente compañera,

ya ha ascendido.

 

La decrépita mujer solloza; no tiene fuerzas para gritar

y de inmediato dos lágrimas rondan su semblante.

Mira hacia el cielo; ya hacia la ensangrentada calzada;

ora hacia el cadáver.

Deshecha, camina.

Ya voy adorada hermanita. Dame unos segundos.

 

Vaga, y se desdibuja lentamente

conforme avanza como autómata.

Pronto se escucha un estrepitoso impacto,

y los gritos de lamento de numerosos caminantes…

 

IV

 

Allá en las alturas, casi rozando el cielo,

una desvencijada choza se cae a pedazos.

 

Aquel piso de tierra, otrora reluciente,

ahora sufre agrietado

modelando un patrón armónico

con las nostálgicas matas del corredor.

 

Entre las hojas caídas, un renegrido rosario asoma…

 

r. c.


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