Funeral
Una avalancha
de emociones,
avivó la
profundidad de su ira
aquella
luctuosa mañana.
Conmocionada, sus ojos diamantinos
como
gotas de agua congelada,
se
clavaron en mis agonizantes entrañas.
Ante
tal impetuoso trance,
las
estrellas se disfrazaron,
y
repentinamente el cielo se eclipsó
para
dar paso a un funeral.
Una
pasión desahuciada
y un juramento
de unión fracturado,
en él
venían y no se miraban:
Eran
invidentes.
aquella desabrigada cabaña,
testigo de frecuentes
encuentros apasionados,
encubierta se agrietó,
no si antes ser refrendaria de
dos lamentos:
el de un lánguido mirlo pardo
y el de un débil corazón atravesado.
Mas no
eran invitados…
En la
lejanía,
el mar
ensimismado,
de un tono
gris
como
ceniza moribunda,
lanzó grandes
oleadas.
Aguas
adentro, brotaron
melancólicas
voces mortecinas;
acaso
el plañido del silbante viento:
¡Oh! Jamás
retornarán como era costumbre,
entrelazadas
las manos y descalzos,
dibujando
fantasías en la arena...
Sucedió
como si en una sinfonía
que
fluye primorosamente,
de
repente apareciera en la partitura,
un
interminable silencio musical;
un
contradictorio interludio sin fin
que
provocaría la retirada de los arpegios,
y la polifonía
quedaría inconclusa:
el
telón cae.
Se ennegreció el horizonte,
la
brisa cesó su canto,
y luego
se desdibujó.
En el
cenit, un sol impreciso
contagiado
de tal transgresión,
apenas
pudo evidenciar
sobre
las bandas de un
arco iris
dicromático,
tres blancas
gaviotas:
tres incipientes
gaviotas blancas
que ajenas
a todo, sin rumbo trazado
se
deslizaban muy juntas
sobre
el firmamento …
r.c.

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