Hortensia, la gata
Con mucha nostalgia,
leí en las redes sociales, la noticia del accidente que sufrió Hortensia,
aquella amada mascota, compañera y confidente por más de 10 años, de mi buena amiga y alumna doña Paquita
Raventós de Seevers.
Conocí a la noble minina,
deambulando por la casa de la setentona propietaria: ora en la cocina, ora en el
jardín, ya en la terraza, o bien dirigiéndose sosegada, a su edén preferido: el
aterciopelado sofá.
Además de su
pelambre amarillento, negro y blanco y de su esbelta figura, me llamaba la
atención su política irreverente, pues con insistente desfachatez, se subía en la
mesa para posarse sobre el teclado de la computadora portátil y así exhibir su
gallardo perfil.
Los minutos pasaban
y la senil señora, indiferente a la interrupción de la clase, la miraba con sobrada
ternura. Así, la sesión de computación pasaba a un tercer plano y yo, prudente,
ocultaba mi percance.
Nunca se me ocurrió
hacer el más mínimo ademán de bajarla o espantarla, pues de ser así, ahí mismo la
doñita me hubiese cancelado el contrato: Hortensia era intangible.
Sólo había que
contemplarla. Yo le miraba fijamente sus enigmáticas pupilas rasgadas, y luego,
como si de una pasarela se tratase, silente y sin importarle el atraso
ocasionado, se bajaba contorneando su silueta para seguir por aquí y por allá luciendo
su imponente coqueteo.
Tal era su
prestancia y su fama, que prácticamente todos los vecinos del barrio sufrieron
el embrujo de la recordada morronga, por lo que a no dudarlo, la recordarán y
la llevarán en sus corazones por mucho tiempo.
Mis condolencias y
un fuerte abrazo para Paquita, y un ¡Adiós! a la inolvidable Hortensia, allá en
el Valle de los Gatos.
r.c.

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