Retornemos la mirada hacia la Naturaleza: nuestro primigenio hogar.

 


Uno de los más grandes laureles que podía experimentar mi espíritu cuando mis hijos estaban pequeños, consistía en verlos entretenerse con el agua del tubo del jardín, y con el agua estancada en el patio después de un copioso aguacero.

Avivados por mí, les encantaban hacer huecos con un palo y confeccionar figurillas con el barro y la tierra húmeda. Yo, su más grande y único hincha, los alentaba para que se divirtieran y embarrialaran sin ningún recato.

Cuánto disfrutaba ver sus caritas sucias cuando se las frotaban con los deditos impregnados de lodo, haciendo evidente uno de los postulados de Edward Murphy: “cuando se tienen las manos sucias, inmediatamente se siente un escozor en el rostro”.

No obstante era más emocionante cuando las lombrices de tierra emergían del inundado hábitat, para poder regular su respiración. Los niños anhelantes, me miraban con la intención de saber si yo aprobaba sus deseos de agarrarlas y deleitarse con esos juguetones anélidos.

Sí, sí. Tómenlas, pero sin hacerles daño.

Los lumbrícidos, como si recibiesen una descarga eléctrica repentina, se retorcían una y otra vez al tocarlas, acción que enardecía aún más a los pequeñines

El clímax de la función llegaba cuando aparecían algunos suculentos jobotos, la fase larvaria de los abejones de mayo. Yo embriagado, observaba como las tequiosas manitas de los chiquillos los revoleaban por aquí y por allá. Los ojitos de mis mocosos se iluminaban de gozo y mostraban diferentes tonalidades, como si portasen un arco iris en sus pupilas. Asimismo sus vaporosas sonrisas irradiaban el aroma de la inocencia y la hermandad, presentes en sus almas.

“Sigan jugando, chavalos… Aprovechen ahora que se puede”.

Ah… y cuando aparecía una mariposa, aprovechaba para recodarles que las escamas de esos insectos, llamadas popularmente carate o polvillo, eran inofensivas al contacto con la piel, contrario al sentimiento de muchos lugareños. 

Por supuesto que toda esta escenografía se desarrollaba en condiciones de estricta seguridad y alerta máxima, puesto que en cualquier momento podría aparecer la Autoridad Mayor. Esto generaría indudablemente, un fuerte aguacero doméstico, con tormenta, granizos y hasta casas destechadas. Entones la función habría terminado y sería hora de que cayese el telón.

En mis adentros, yo sabía muy bien que esta exposición directa con la Naturaleza, lejos de ser nocivo para la salud de mis hijos, más bien era una especie de juego salubérrimo que promovía la proliferación de las células guardianes de nuestro sistema inmunológico.

***

Con este escenario en mi mente, complacido me enteré de un artículo científico escrito por Leah T Stiemsma,[1] investigador del departamento de microbiología e inmunología de la Universidad de Columbia Británica, Canadá. En esa reciente investigación, Stiemsma y colaboradores plantean que el repunte de ciertas afecciones en los países occidentalizados, puede atribuirse en parte a una falta de contacto con la naturaleza y con los microorganismos. Afirman que los seres humanos evolucionan para beneficiarse de una dosis de suciedad y que este mundo aséptico que habitamos, desorienta nuestros sistemas inmunitarios. Además es conocido que algunos padecimientos como asma y diabetes, está en relación directa con algunas prácticas indeseables que tienden a erradicar las bacterias y parásitos que habitan en el ambiente y en nuestro cuerpo.

 

Actualmente sabemos que los niños que nacen en esta era informática (de internet, computadoras, celulares inteligentes, calzado con luces intermitentes, chips subcutáneos y drones avizores) se desenvuelven en un entorno relativamente estéril. Por lo tanto suelen estar más en riesgo de desarrollar enfermedades autoinmunes y alergias alimentarias, que los infantes nacidos en siglos anteriores.

Algunos especialistas hasta se atreven a sugerir que este proceso se puede revertir, recetándoles a los pequeños determinados parásitos con la finalidad de fortalecer su sistema inmunológico y en última instancia ayudarlos a combatir las enfermedades. Es evidente que no se ha llegado a tal punto, aunque las observaciones apuntan a que debemos abrirnos un poco más a nuestro entorno y lucrar con la mugre, la grasa, la costra y la suciedad.

Los beneficios del contacto directo con la naturaleza han sido estudiados con rigor científico en los últimos años. El término biofilia, acuñado por el célebre biólogo Edward O. Wilson, se refiere a la afinidad innata que el Homo sapiens experimenta hacia los seres vivos y su entorno. Clemens G. Arvey discute en su libro, el efecto biofilia (Ed. Urano), cómo la naturaleza es uno de los mejores agentes terapéuticos y curativos y cuáles son los efectos psicológicos de jardines, bosques y sabanas.

Igualmente los nuevos estudios corroboran lo que la sabiduría popular siempre ha afirmado empíricamente: estar en contacto íntimo con la naturaleza es provechoso para la salud, puesto que aumenta el conteo y la actividad de las llamadas células asesinas (linfocitos NK) las cuales desempeñan un papel crítico en la defensa antiinfecciosa de nuestro organismo.

Por lo tanto sería importante promover en el seno familiar, algunos ejercicios y prácticas al aire libre, visitas frecuentes a jardines, bosques, refugios de fauna, así como realizar caminatas en los parques locales ¡ojalá descalzos!, en lugar de permanecer enclaustrados en nuestras viviendas, reciclando el dióxido de carbono.


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Geles, ungüentos, cosméticos, cremas, jabones. Prácticamente cualquier producto que asegure protección antibacteriana, antimicótica, o antiviral, creará una “necesidad innecesaria” y rápidamente se convertirá en un infaltable producto hogareño.

Por supuesto que tal abarrotamiento de ideas con respecto a la pulcritud en el ambiente, y a la limpieza inflexible en la casa, están impulsadas en gran parte por la gigantesca industria química, alimentaria y afines; ese endriago de mil cabezas que se siente menoscabado y con miedo de bajar sus jugosas ganancias multimillonarias. Con intenciones protervas, atemorizan a madres, padres e hijos, domiciliando en sus intelectos la imperiosa necesidad de desinfectar minuciosamente toda superficie doméstica y ambientes cercanos, puesto que de no ser así, los pequeños sufrirían irremediablemente graves padecimientos.

***

Afortunadamente ya se divisa en el horizonte un cambio de paradigma:  tarde o temprano, la ciencia médica cambiará algunas técnicas y medicamentos convencionales, para adoptar otros que permitan atender ciertas enfermedades, dolencias y achaques.

Ante este nuevo panorama, qué tal una campaña preventiva dirigida a los padres de familias con algunas recomendaciones como por ejemplo:

- permitir que los chiquillos jueguen con hormigas, lombrices, mariquitas, cochinillas, pulgones y orugas;

- dejarlos caminar descalzos por el jardín y la casa sin ninguna reserva;

- suministrarles dos veces por semana, huevecillos de parásitos, -como sugiere el científico J. Turton del Reino Unido- para fortalecerles el sistema inmunológico;

- llevarlos periódicamente a zonas donde la presencia de parásitos sea habitual, y así contrarrestar las alergias;

- Hacerles ver la importancia de consumir todos los días, 100 ml de kéfir (leche fermentada) con cultivos vivos y billones de probióticos;

- no aplicarles ninguna crema o insecticida cuando sean picados por zancudos o mosquitos.

Para los más grandecitos, en lugar de recetarles lorazepam, tafil o prozac, sus recetas dirían algo así como:

contemplar el atardecer tres veces por semana; caminar descalzos por el parque de día por medio; escuchar el concierto matinal de los pájaros en las mañanas; sentarse bajo un frondoso árbol con un té de valeriana y observar la caída de las hojas; desplazarse a una casa de campo a reposar en una hamaca, o bien realizar senderismo los fines de semana.

 

De igual manera, en nuestros hogares poco a poco tomaremos conciencia de esta situación poco o nada beneficiosa con respecto a los agentes sanitizantes, y sentados a la mesa, mamá le diga a su familia:

- De dónde vienen mis amores?

- Yo del supermercado, mami.

- A lavarse las manos.

- Y usted chiquitina?

- Estaba jugando en el patio, mami. Por cierto, creo que tengo una picada de zompopa en el brazo

 - Excelente. Pase directamente a la mesa.

¿Y usted gordo?

Vengo de una reunión con todo el personal de la oficina.

- Pues directo a la ducha. Y con buena potasa.

r.c.

 

 

 

 


[1] L. T. Stiemsma et al, “The Hygiene Hypothesis: Current Perspectives and Future Therapies”, Immunotargets Ther. 4 (julio de 2015): 143-157

 

Comentarios

  1. Que hermoso escrito renán me recordó a mi infancia cuando jugaba con el agua y había mucha naturaleza jugando descalsa lo felicito x ese hermoso escrito me encantó.

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    1. Hola. Me gusta mucho su comentario. Gracias por su valioso estímulo. Saludos cordiales.

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