La feria del agricultor: aroma campesino



A Reyes Sánchez y compañeros, acreditados labradores.

Al despuntar el día, ya está preparado para emprender la faena. Una fuerza connatural le empuja a disfrutar el gozo interno de conectar con la tierra.

Aún con el jarro de café en su diestra, y un pedazo de pan en la otra, se encamina a recoger la cosecha de los últimos días. Debe seleccionarla cuidadosamente y empacarla, ya que en la noche tendrá que llevarla al camión que alquila, para que todo quede debidamente preparado. Podrá dormir unas pocas horas y luego, a eso de las dos de la mañana, trasladarse a su destino final. ¿Su rutina? Levantarse temprano a trabajar; reposar unas horas en la noche pensando en el trabajo, para luego despertar e ir a laborar.

Con mucho optimismo, este abnegado y auténtico campesino parte de su humilde casa con el anhelo de vender la cosecha, y traer algo de platita para la manutención de su apreciada familia y su parcela.

Es tal la premura, que a veces olvida darle el beso de despedida a sus muchachos, además de que la adormecida esposa tiene que salir corriendo a entregarle la chaqueta y la gorra para aminorar el frío. En repetidas ocasiones, olvida hacer la genuflexión ante la cruz de palma que ubica detrás de la puerta.

Después de haberse desplazado ¡cuántos kilómetros!, cabeceando a veces y otras sobresaltado, deberá descargar el vehículo y llevar las cajas al espacio ferial que le han asignado. A las 10 am todo debe estar habilitado: es la hora de apertura.

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Es día de feria en Mercedes Norte de Heredia, y un ejército de hombres y mujeres infatigables, están dispuestos para la tarea.

Son esos seres diligentes que madrugan sin atisbar el reloj, ya que no necesitan despertador con alarma: su reloj biológico está puntualmente calibrado; no temen las inclemencias del tiempo puesto que están acostumbrados a empaparse y un impermeable les estorba a la hora de manipular sus herramientas; bajo el ardiente sol, sus pieles se curten sin ninguna clase de protección contra los letales rayos solares. Sus manos callosas reflejan la actividad a que se dedican, y sus dedos lacerados no son obstáculo para manejar con destreza el cuchillo y extraer el agua refrescante de una pipa o un coco que sostienen con una mano, o bien pelar un palmito prácticamente en el aire.

Probablemente por esos avatares de la vida, no cuentan con una escolaridad básica que les permitan leerles cuentos de princesas encantadas a sus niños durante la noche, pero sí están graduados en el uso magistral del machete, el rastrillo, y el pico.  ¡Con qué pericia manipulan la cuchilla y el puñal sobre la piedra afiladora, hasta dejar un brillo argénteo, capaz de descascarar la férrea corteza del tallo de la caña de azúcar!

Quizá ignoran el movimiento de los cuerpos celestes y su relación con los fenómenos astronómicos, empero sí tienen gran conocimiento sobre los efectos de las fases lunares a la hora de ejecutar la poda de sus cultivos. Tal vez no disponen del tiempo necesario para observar en un viejo televisor, las mejores jugadas en cámara lenta de un partido de fútbol, pero sí tienen que habilitar forzosamente el espacio necesario, para combatir estoicamente las sobrepoblaciones de insectos que exterminan sus cultivos.

Estos campesinos viven su día intuitivamente: los altibajos de ayer ya pasaron; con entusiasmo trabajan hoy; el mañana tendrá sus propios imponderables.

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La actividad congrega unos 350 agricultores de diversos cantones del país; número que superaba los 600, antes de la pandemia de COVID 19.

Ya en sus espacios, el campo ferial se convierte en un vistoso maremágnum, con una buena afluencia de compradores de todas las edades, de distintos niveles de educación y de estados e ideologías diferentes. Todos se congregan semanalmente para adquirir frutas, legumbres, verduras y muchos otros artículos. Es el día ideal para que la gente se olvide, aunque sea por un rato, de su agenda habitual, duerma un poco más y se despiste de las preocupaciones y deberes cotidianos. Ahí se conversa con compradores conocidos, desconocidos o con el mismo agricultor sobre diversos temas: ¡cómo hacer un buen picadillo de ñane con carne molida; de qué manera preparar los pejibayes con pezuña de cerdo para darles un mejor sabor; con cuál hierba contrarrestar la calvicie; el secretillo para que los frijoles tiernos del chifrijo queden más suaves; las propiedades de la sábila y el romero; el poder curativo del culantro coyote, y mucho más.

Por si acaso, no hay que cuidarse mucho de la presentación personal. Es el momento ideal para ir en chanclas, lucir la gorra con la visera hacia atrás, andar con pantaloncillos cortos, con camisetas sin mangas, sin maquillaje, sin afeitarse y hasta con el cabello desarreglado.

Además de los productos tradicionales, algunos feriantes emprendedores se preocupan por ofrecer productos novedosos y poco conocidos: curubas, bok choy (o pak choi), frijol de palo, malangas, castañas, las novedosas hojas de consomé, solda con solda (para desaparecer dolores y moretones, en palabras del propio vendedor), sesos vegetales también llamados akí, guindas, pipián y más.

Y por supuesto es la ocasión idónea para degustar el gallo pinto con maduro y natilla, las empanadas con chicharrón, el refresco de chan o mozote, los pastelillos caseros con buen chile artesanal que vende el señor de la canasta de mimbre, y el gordito con anteojos bifocales que ofrece bizcocho asado. Además el ambiente está matizado con otras actividades, como la señora que vende olominas; otra que como parte de su repertorio, canta con la guitarra, su propia versión de “la puerta negra”; y un vendedor que también hace las veces de “disc-jockey” con música ranchera.

Cuando las circunstancias lo ameritan, estos bondadosos agricultores aprovechan cualquier ratito libre para fastidiar a sus vecinos. Unos tararean canciones populares aunque la afinación sea lo de menos; otros bromean lanzándole a algún conocido, las semillas de determinada fruta; y algunos agazapados, fingiendo otro tono de voz, llaman subrepticiamente al distraído amigo.  En fin se trata de hacer más llevaderas las 17 horas de permanencia en el recinto, distribuidas entre el viernes y el sábado.

Una vez terminado el horario de la primera jornada, los agricultores proceden a acomodar ligeramente los productos del desorden que han dejado los compradores puesto que todo lo toquetean. Así queda lista la escena ferial para el siguiente día, ya que a las 6 am, deberá ingresar la otra tanda de clientes. Luego algunos se van a dormir a los camiones; otros pasan en una gran algarabía jugando naipes, dados, y hasta bolero, y no faltan los contadores de chistes. Total, ya todas las mesas están prácticamente acomodadas.

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Recorriendo los diversos pasajes del campo ferial, es posible toparse en uno de ellos con don Reyes Sánchez, un genuino sembrador, fiel representante de la agricultura de subsistencia. Este vendedor llama la atención por su pequeña estatura y frágil figura; rasgos que armonizan con su voz débil y lastimera. Viene del distrito de Tucurrique, Cartago, después de haber recorrido unos 70 km, desde su adorada parcelita.

“Aquí estoy con un poquillo de sueño, porque tuve que madrugar más de lo habitual; pero el Todopoderoso está conmigo”, gesticula enfáticamente como si lo tuviese asido en su mano.  “¿Para qué más? Hoy le traje algunas jaibas que pude rescatar del último temporal que azotó la zona”.

Lamentablemente para este hombre, su salud no es la mejor ya que presenta severos problemas en la vista. Pero ahí está siempre presente en la feria, como los grandes forjadores, saludando, presto a atender su clientela y reponer la mercadería que va vendiendo. No obstante a pesar de su infortunio, su rostro irradia una paz tan conmovedora, que a veces uno quisiera pedírsela prestada, - aunque fuera por un rato - así como un amor por su amada tierra fecunda que no puede ocultar.

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Examen|

Cuando me alejo de la ciudad y diviso fincas, terrenos o parcelas con plantaciones diversas, vienen a mi mente indefectibles imágenes de esos irreemplazables y auténticos labradores.

Entonces, tal vez recordando grabados familiares, me pregunto cómo sería estar inmerso en esa forma de vida, cultivando apasionadamente un lote de hortalizas, frutas, verduras o algún otro producto vegetal o animal, lejos de este mundo hiperacelerado.

Aunque la vida académica es cautivadora y trae consigo muchas satisfacciones y enormes expectativas de todo tipo, pareciera que en aquellas condiciones de subsistencia, la mente atesoraría más sosiego; habría una mayor purificación de nuestro organismo; mucho más espacio para admirar y dialogar directamente con la naturaleza, y hasta podríamos liberarnos de cierta rigidez que estaría aprisionando nuestro organismo.

Es probable que se manifieste una disminución ostensible de aquellas preocupaciones urbanas, banales algunas, que pululan nuestra mente, producen angustia, y que posiblemente están minimizadas en ese ambiente campestre.  Me refiero a ciertas experiencias que nos llevan al desasosiego y quizá a la exaltación, como son las inevitables interrupciones en la red informática; las imprevistas desconfiguraciones de los llamados aparatos inteligentes, esas inoportunas llamadas de agencia financieras ofreciendo tarjetas de crédito, el olvido de contraseñas, el malsano ruido de la urbe, la contaminación visual…

Entonces ante tanta nebulosa, me imagino sentado en un montículo de mi hipotética finquita, y mirar fascinado la germinación de las semillas de lechuga brotando del mantillo; realizar una medición especulativa del crecimiento de los incipientes árboles frutales; observar el asombroso desarrollo sincronizado  de las plántulas en un almácigo: toda una sensación de triunfo y satisfacción en el semblante del celador, con la complicidad de la prolífica  naturaleza que lo ha galardonado por su dedicación y sus infatigables horas de trabajo.

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En ese ambiente bucólico, fantaseo como un eficaz alivio, el radiecito portátil con amplitud modulada, para escuchar al alba, las mañanitas rancheras, mientras degusto un humeante vaso de café recién chorreado, acompañado de tortillas de maíz palmeadas, a la vez que me entretengo ahuyentando los pollitos que invaden la cocina en busca de maíz.

¡Qué más descanso para el espíritu que disfrutar en las noches con los chiquillos, viéndolos proyectar con sus manos, las sombras de colosales monstruos en la pared bajo el haz de luz de una candela!

En lugar de estar secuestrados por esa obstinada publicidad informativa que irrumpe asiduamente en nuestros hogares, ¿no sería más lucrativo percibir el desvanecimiento de las flores de uchuva, para dar paso a docenas de colgantes vesículas pajizas, advirtiendo que los frutos ya están programados para la cosecha?

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Con esta disyuntiva trazada, me atrevería a afirmar que ese modelo de productor, afincado en su parcelita invadida por una plétora de recursos vivientes, permanecería en lo que podría denominarse un estado de feliz ignorancia, amalgamado con una prodigiosa sabiduría a la hora de coexistir con la fuerza cósmica que le rodea.

Muchas gracias agricultores de Costa Rica

Renán Calvo

 

 

 

 

 

 

 


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