Noche de Paz

 



Se acerca la época navideña y con ella regresan algunas tradiciones bastante adheridas en la idiosincrasia de la mayoría de los costarricenses: la elaboración del portal, el árbol de navidad con sus lucecitas multicolores, la compra de regalos, el queque navideño con frutas, algunos festivales y por supuesto el sabroso tamal de cerdo. 

Además, para llenar de gozo el corazón de aquellos fieles católicos que se identifican con el mensaje de un Mesías, renace, cual ave Fénix, la música navideña: los conocidos villancicos, esas cortas melodías que colman de unión y ensueño los corazones de muchas personas, y proporciona tristeza y melancolía en otras.

De los miles de villancicos que hay en todo el orbe, algunos bien conocidos son Adeste Fideles, los peces en el río, Campana sobre campana, mi burrito sabanero,  Blanca Navidad, arre borriquito, hacia Belén va una burra, el niño del tambor, Marimorena y muchos más.

Siendo un poco atrevido, puesto que la mayoría de estos temas son del agrado popular, en este comentario quiero referirme a Silent Night, la versión en inglés de la conocida melodía Noche de Paz, quizá el villancico más famoso en todas las latitudes. La letra original fue escrita en alemán en 1816, por el sacerdote Joseph Mohr y la música por el organista Franz Xaver Gruber, ambos de nacionalidad austriaca.

Con un renombre difícil de superar, este villancico está traducido en más de 300 idiomas, y habría unas 2900 traducciones en todo el mundo, suponemos que todas de alguna manera agradables al oído puesto que por el hecho de ser Noche de Paz, ya tiene el aval de la gran mayoría.

Este cántico popular fue incluido en el 2011, en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO; todo un fenómeno musical que no necesitó de las redes sociales para viralizarse después de más de 200 años de su creación.

En noviembre del año 2023, las gigantescas pantallas en Time Square, la renombrada avenida en el corazón de Nueva York, de pronto se apagaron ante la mirada incrédula de miles de peatones, y así dar paso a un mensaje navideño con el fondo musical de Noche de Paz.

Dejando arbitrariamente de lado cientos de interpretaciones de Noche de Paz, en esta ocasión quiero reseñar la versión en inglés que vocaliza la soprano británica Charlotte Church[1], puesto que pareciera que nos lleva de la mano a una ilusión musical pocas veces experimentada.

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Está de pie en la nave de la Abadía de la Dormición, en Jerusalén, en el centro de un especie de rosa de los vientos, rodeada de violines, violonchelos, flautas transversas, cornos, una imponente arpa y cientos de velas encendidas.

Una corta pero sensible introducción, donde sobresalen los trinos (ornamentos) de las flautas, dispone al oyente para lo que viene: un soberbio espectáculo lleno de sentimientos de sosiego, de reconciliación; una elevación quizá a otra dimensión.

Entonces comienza a entonar “Silent Night; Holy Night”, con ese vibrato enajenante que brota de su celestial voz, fresca como agua de manantial.

 

Soberbia dentro de su sencillez y con plena conciencia, con sus ojos cerrados algunas veces; otras viendo al infinito, ya acariciando con la mirada la cúpula de la afamada catedral, va cantando lentamente el angelical villancico con un particular timbre que emerge de sus portentosas cuerdas vocales.

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Todo es prodigioso en el proscenio: el ascenso y descenso casi sincrónico de los arcos de los violines; los centelleos que brotan del cabello de la intérprete; las llamas de las velas como metrónomos,  casi oscilando pausadamente al compás de la arrebatadora música; un coro célico que inunda todo el escenario circundante, cuyo eco resulta imposible de determinar: a veces pareciera que viene del centro de la tierra, otras del mismísimo firmamento, ya de oriente, ya de occidente.

Todo, decididamente todo, resulta maravilloso para el espectador, pero indiferente a la soprano puesto que está absorta, diríase levitando, al representar la melodía que llama a la concordia, al amor.

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Mientras se observan hermosos cuadros, en las paredes, entre ellos una imagen de María y el Niño Jesús, al final de la primera parte viene un momento inefable, cuando se escucha un crescendo que estremece las entrañas del oyente, con un alucinante barrido de cuerdas del arpa apenas perceptible, que nos prepara para la cautivante primera modulación: un agradable cambio en la tonalidad musical.

 

Inmediatamente la soprano, dulcísona, repite la primera parte con ese mismo sentimiento que cautiva, para más adelante registrarse otro crispante crescendo orquestal, y así disponernos para la segunda absorbente modulación.

 

Se repite la canción por tercera vez, y avanzada esta, en cierto momento la vocalista, con gesto inmaculado, muestra sus gráciles manos casi hasta rozar con blandura su pulcro rostro, como sintiéndose tal vez en un olimpo terrenal, para luego exaltar la mirada y proseguir con la letra.

 

Con gestos seráficos que parecieran ascenderla hasta tocar la gloria, y con las velas iluminando su rostro, la soprano se alista para cerrar la melodía con varias notas mucho más agudas. Con el embeleso de los trinos que no cesan, llena de aire sus pulmones, levanta los brazos perpendicular a su cuerpo y con un sonido expectante y suspendido, pronuncia tres veces: Jesus, Lord at thy birth (Jesús, Señor en tu nacimiento)  hasta finalizar el glorioso villancico.

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Cuando escucho Noche de Paz con dedicación, mi mundo psicológico pareciera que se sosiega; un sentimiento de conciliación me invade vinculado a una nostalgia recurrente, producto de ciertas evocaciones que aún perduran en mi memoria. Lo bueno de esta emoción,  es que constituye en realidad una pincelada en mi mente para adentrarme en la conciliación y en la armonía con mi diario vivir.

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Sugiero escuchar Noche de Paz en completa serenidad, liberando nuestro cerebro de cualquier prejuicio innecesario; total, no tenemos que depender de ninguna religión para poder disfrutar de esta célebre gala.

Para efectos prácticos, he fragmentado la obra observando diferentes avances en la misma, pero lo óptimo es escuchar todo el desarrollo con un sentido de totalidad; como la unidad que es, y así poder disfrutar íntegro, este viaje al infinito.

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Como desenlace, los invito a que hagamos una pausa en nuestro diario proceder, por lo menos en esta Navidad, y cantemos con alegría:

Noche de Paz, noche de amor,

todo duerme en derredor

Entre los astros que esparcen su luz...

Así estaremos parodiando a los soldados alemanes que en 1914, después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, accedieron a una tregua navideña, cuando comenzaron a entonar precisamente Noche de Paz en su idioma. ¡Cuánta grandeza!

r.c.

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