Separación fugaz


Removiendo estantes en una vieja librería herediana, tratando de reponer algunos títulos que ingenuamente había prestado, pero nunca retornaron a mí, me topé con el clásico universal: “Máximas y aforismos” del eminente poeta libanés Khalil Gibrán (1883 - 1931).

Con la portada parcialmente desprendida, lo tomé y con toda quietud, me instalé en un apolillado sillón, bajo la mirada amenazante del propietario, lo que me hizo recordar aquel dicho popular, muy frecuente en los mercados de verduras: “Si no compra, no magulle".

Con el libro entre mis manos y por instinto, quizá en mi condición de hincha devoto de la Madre Naturaleza, mis ojos se posaron en el apartado titulado precisamente “Naturaleza”, en el cual el autor realiza una apología del arte, afirmando que la función de este es descubrir lo poco común que hay en lo más común.

Además ironiza cuando dice que pobre de aquel ser que sólo ve en el astro rey, una especie de chimenea para obtener algún calorcito:

“Ese es un ojo ciego, aunque sea capaz de distinguir una hormiga a un kilómetro de distancia”.

Saborear estas sugestivas frases, desencadenó en mí la proyección de ciertas imágenes referentes a una graciosa experiencia escenificada semanas atrás.

Resulta que, aún alucinado por haber cruzado el océano Atlántico, las palabras de Gibrán provocaron que mi mente comenzase a rebobinar la cinta mental de tal periplo.

Cerré por reflejo mis ojos y de inmediato tuve la extraña sensación de separarme del sofá, ¡acaso una especie de levitación!, y sentir que mi psique se separaba del cuerpo. Entonces empecé a desplazarme a través del firmamento para iniciar un insólito viaje.

Súbitamente me veo a los pies de la icónica e imponente torre neogótica visitada recientemente, escudriñando el reloj londinense que aparecía ante mí: el imponente Big Ben con sus más de 95 m de altura.

En ese extraño letargo, recuerdo haber asociado el paisaje esplendoroso, con aquellos grabados que recordaba haber visto en un gastado folleto de inglés, cuando recibía clases en el colegio con mi buena profesora E. B. De mirada directa, un poco intimidante, nos decía: “This is the Big Ben”. Espero muchachos, que algún día lo conozcan, para que amplíen su cultura.

Estando en ese trance - no tengo idea cuanto tiempo - con la mirada clavada en la carátula del reloj, reviví la viñeta acontecida semanas atrás, cuando absorto, contemplando la monumental obra, de pronto se me acercó un che argentino con sombrero de gaucho, poncho doblado sobre el hombro, y un pedazo de choripán en la mano. Con su inconfundible acento y acaso, notando mi embobamiento, me susurró casi al oído:

-¿Disculpe amigo: usted es capaz de detectar aquella hormiga negra que está deambulando cerca de las agujas del reloj?

Pasmado, no hallé que contestar. ¿Quéeeee?

Con mi estado de ánimo al tope, por estar en esa ciudad de ensueño, de inmediato me repuse de semejante pregunta, y conociendo el talante que priva en los argentinos, le repliqué, para no quedarme rezagado:

-Pues en realidad no la puedo ver porque sufro de miopía, pero sí puedo oír sus pisadas, puesto que tengo oídos de delfín -.

Me miró rabioso, y con marcado escepticismo en su rostro, el rollizo tipo se alejó despacio, quizá con su vasto ego destrozado, mirando hacia el suelo, como aceptando alguna derrota que sólo él conocía.

Yo, aún sacudido por la pregunta, esperé que el misterioso bonaerense desapareciera, y una vez que se confundió entre la muchedumbre, con ansias saqué de mi estuche los binoculares, y olvidándome de agujas y hormigas, me consagré a disfrutar el famoso reloj y los cruceros que, sosegados, se deslizaban sobre el emblemático río Támesis.   

En ese éxtasis, de alguna forma pude armarme de voluntad para sacudir con vigor mi cabeza y exaltado, me veo regresando del fantasmagórico viaje, sosteniendo aún en mis manos “Máximas y aforismos”.

Terminé muy complacido con la representación efímera de mi odisea, empero, asaz apesadumbrado al enterarme después, desde luego en este mundo real, que el Big Ben iba a permanecer silente durante varios años, por motivo de algunas reparaciones, que ya eran bien necesarias.

r. c.

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