Los cuatro muleros
La mayoría de las personas habrá experimentado el admirable poder que la música atesora para cambiar en instantes el estado de ánimo. Unos cuantos compases de alguna canción de nuestro gusto ya sea clásica, popular, folclórica, rock, jazz, pop, o electrónica, serían necesarios para que específicas áreas cerebrales resplandezcan de quietud con la liberación de los neurotransmisores asociados al placer y al bienestar.
Ya dispuestos holgadamente
en el sofá, esperando el banderazo de salida con los tímpanos oscilantes y las neuronas
auditivas alineadas, el tema musical va infiltrando nuestras membranas
corporales, y poco a poco anega de gozo el espíritu. La afección se ha retirado,
por lo menos temporalmente, cumpliéndose las palabras del célebre Platón: la música es una herramienta fundamental
para moldear el alma.
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De los cientos
de géneros musicales existentes, pareciera que más 2 500, en esta ocasión me
quiero referir a la música ranchera mexicana; esa variedad que toma su nombre
de las tierras de los ranchos, aunque parafraseando al compositor italiano Giuseppe
Verdi, no existe música española, alemana o mexicana. Sólo existe la música.
Escuchar un mariachi equipado con
trompetas, violines, guitarras guitarrones, vihuelas, acordeón, y ojalá un arpa,
interpretando un bolero ranchero, un huapango o un corrido, complementado con los
contagiantes coros de sus integrantes y con el penetrante grito mexicano, es ya
satisfacer un capricho. Y si irrumpiesen parejas de baile, con sus atuendos de
faldas largas y sus lindas coreografías, taconeando firmes sobre el piso de
madera, es llegar ahora al paroxismo.
Dentro de esta categoría hay
canciones que preciso escuchar, sobre todo cuando mi estado emocional se ha
desplazado de su centro de gravedad y por sí solo es incapaz de recuperarlo. Entonces,
para auxiliarlo y retornarlo a su ámbito original, recurro a un fármaco muy
eficaz: mi indisociable colección de temas aztecas. Basta una ojeada y mi auditoría
se detiene en “los cuatro muleros”; una canción tradicional que ha sido interpretada
por muchos artistas y en diferentes estilos con muy variada instrumentación.
Sin embargo la versión que a mí me
empina, es la que interpreta el mítico falsete de oro, el mexicano Miguel
Aceves Mejía, quien la encarna bajo la modalidad del huapango: ese
relajante apartado de la música autóctona mexicana.
Cada estrofa, después de pausada
voz del cantante, viene coronada, unas veces por una pasada de violines donde
la imaginación permite ver el desplazamiento sincrónico de los arcos de los
violines; otras, por los adornos rítmicos que produce el sonido primoroso de los
flautines, ese versátil instrumento melódico de viento, que no es muy usual en
los mariachis mexicanos, pero que en esta melodía destacan el ambiente de los
muleros que van al río. Y al fondo en equilibrio aportando deleite, las
guitarras, trémulas y cadenciosas, y el guitarrón, grave y resonante, marcan el
ritmo característico del tema en reproducción.
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Indagando un
poco más sobre esta melodía, me sorprendió hallar que el tema original fue recuperado
por Federico García Lorca, ese gran poeta y dramaturgo español que conocimos en
la secundaria, cuando leímos dos de sus grandes obras maestras de teatro: Bodas
de sangre y la casa de Bernarda Alba; el mismo autor que, quizá
presintiendo un trágico desenlace en su vida, expresara en el poema Despedida: “Si muero, dejad el balcón abierto”.
No obstante en su adolescencia se
interesó más por las artes musicales que por la literatura, por lo que se
dedicó al estudió del piano desde muy temprana edad, motivo por el cual entre
sus compañeros de estudio, era más conocido como músico que como un promisor literato.
"Los cuatro
muleros" es una canción de origen popular andaluz de autoría anónima;
un tema tradicional español que se basa en la vida diaria de las zonas rurales,
en la figura del arriero: un personaje importante en el transporte de
mercancías con animales.
Resulta que García
Lorca se encargó de recopilar y musicalizar la melodía, y en 1931 la grabó,
junto con la coreógrafa y cantante de flamenco, Encarnación López, conocida
como "La Argentinita", quien puso la voz, el zapateado y las
castañuelas, mientras que García Lorca, se apoderó del piano y los arreglos.
Incluso, según afirman algunos, una tenue voz que se escucha al fondo de la
grabación podría ser la del célebre escritor.
A partir de este
registro, fue que se popularizó la canción, constituyéndose en un gran éxito a
tal punto que fue catalogada parte del Patrimonio
cultural inmaterial de Andalucía.
Luego vendrían otras
versiones como la de la española Teresa Berganza, Victoria de los Ángeles,
Miguel Aceves Mejía, Ana Belén, Pepa Flores, la cordobesa India Martínez, quien
hace una mezcla de flamenco y pop, y la interpretación de Los Pekenikes,
un grupo español de rock importantes de los años 60, que llegaría a lo
más alto de las listas de popularidad con una versión instrumental de “los
cuatro muleros”.
La letra es corta
y sencilla aunque representativa, con un contenido metafórico del cortejo
amoroso, posiblemente de las zonas rurales de Andalucía.
Las diversas versiones
difieren ligeramente en la letra. Algunas señalan que los cuatro jinetes van al
agua, al río o al campo; o bien que uno de ellos “es mi marío” o mi “cuñao”; o que
de los cuatro, tres son gitanos “pero el que a ti te quiere, es mexicano”.
O bien, de los cuatro uno es moreno y alto; o que el de la mula parda se reconoce
porque “me roba el alma”.
Pero todas
coinciden en la repetición constante de las estrofas; en la parte musical, y en
la presencia de cuatro arrieros que indiferentes de su entorno, van al paso con
una determinada dirección, uno de los cuales, sobresale por algún atributo, “aunque
de noches, son todo’ iguales”.
No obstante en
la versión de la diva del cuplé Sara Montiel, la estampa representada tiene un leve
giro ya que los jinetes, diríase, toman un rol más vistoso puesto que según la
narradora, hay rivalidad entre los muleros:
uno de ellos se muestra desesperado al ver que ella es la compañera de otro.
Los versos líricos
de cierre en la versión de Lorca, muestra una sutil insinuación: ¿Por qué indagas
incesantemente afuera, lo que ya guardas en su interior?
De los cuatro muleros, mamita mía, que van al agua,
el de la mula torda, me roba el alma.
De los cuatro muleros, que van al río,
el de la mula torda, es mi “marío”
A qué buscas la lumbre, la calle arriba,
si de tu cara sale, la brasa viva.
r.c.
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