El trastorno obsesivo compulsivo
Me encontraba en una agencia bancaria esperando ser atendido en plataforma de servicios, cuando me llamó la atención ver a un cliente que al ingresar, caminaba con alguna minuciosidad haciendo equilibrio como siguiendo una línea simétrica en el piso. Luego lo observé verificando uno a uno, sentándose, los cinco asientos que estaban desocupados.
Pronto vinieron
a mi mente, algunas lecturas que había realizado sobre el trastorno obsesivo
compulsivo (TOC).
Coincidentemente,
a los pocos días me reencontré en el consultorio del doctor Carlos García, psiquiatra,
con mi viejo y buen amigo Ramiro quien padecía el trastorno y al cual hacía
meses que no veía.
Ambos sucesos
me motivaron a reflexionar y a escribir el presente ensayo, en el cual se
incluyen algunas sugerencias que podrían ser útiles a aquellos pacientes que
padecen este problema neuropsiquiátrico. Además comprende ejemplos
variados de tales comportamientos quizá no incluidos en la literatura
especializada, que a distancia le causarían hilaridad al profano pero un cierto
temor al afectado.
El trastorno,
en resumen, se relaciona con la presencia de ideas o imágenes mentales
recurrentes llamadas obsesiones que invaden la mente del paciente, las cuales provocan
particulares formas de comportamientos o compulsiones, que se manifiestan en acciones
repetitivas aparentemente desprovistas de sentido. Estas últimas son más
evidentes cuando tienen carácter físico: rascarse las mejillas incesantemente o
recoger papeles tirados en el suelo. Pero también pueden ser de carácter mental
al repetir palabras, contar una y otra vez las baldosas del suelo o los peldaños
de la escalera.
Empero, la
repetición de ciertas frases mentales no necesariamente significa padecer tal molestia,
ya que muchas de las personas que meditan, utilizan de apoyo mantras: expresiones
generalmente cortas y propias que se repiten en silencio y que ayudan a calmar
la mente; verbigracia, recitar diez veces: “inhalo paz; exhalo estrés”; “yo soy
amor, yo amo a mi familia”.
De paso,
considero que estas súplicas pueden ayudar a apaciguar el trastorno obsesivo, adquiriendo
el hábito de reiterar oraciones tales como: “Yo soy consciente de mi malestar;
lo acepto y voy a superarlo”.
Un ejemplo
claro de obsesión lo presentan algunos adictos al juego de la lotería quienes pasan
situaciones angustiantes. Me contó doña Miriam que un domingo no había comprado
ninguna fracción. Pronto fue presa de una ansiedad sin límites; “mi cabeza
se llenó de números, y fue tal mi estado emocional, que tuve que salir a la
calle hecha una loca a comprar cualquier número, con el riesgo de que me viera
alguno de mis alumnos”.
Tratamientos: medicamentos y terapia
El hecho de que
muchos pacientes con TOC respondan a ciertos medicamentos antidepresivos,
sugiere que existe una disfunción en las cantidades de la serotonina, un neurotransmisor
que ayuda a regular el estado de ánimo, las emociones y la conducta social.
Ramiro cuenta
que a él le prescribían dos medicamentos cuyos nombres comerciales eran lexotán
y anafranil, ambos de efectos secundarios severos, aunque con buenos resultados.
En otro tipo
específico de tratamiento, el paciente se expone gradualmente a pensamientos o
situaciones que producen ansiedad sin recurrir a la compulsión correspondiente.
Por ejemplo, al paciente se le pide que toque superficies grasientas, evitando lavarse
las manos por lo menos hasta 15 minutos después, e invitándola a hacer
cualquier otra tarea. Considero que practicar la respiración consciente, resolver
un crucigrama o una sopa de letras, sería una buena elección.
Recomendaciones prácticas
Cuando un
potencial paciente del TOC descubre cierta incomodidad mental, falta de
concentración, imágenes extrañas en su cabeza, o sus familiares o amistades notan
en él alguna conducta repetitiva, lo deseable sería que consultara a un profesional
de la salud para el respectivo diagnóstico y tratamiento.
Posiblemente al
principio habrá algún estupor, pero luego con una buena orientación y
discernimiento, se debe aceptar tal disfunción, de la misma manera que lo debe admitir
el alcohólico, el diabético, el artrítico o el asmático.
Una
recomendación importante consiste en conocer y estudiar con cierta profundidad
la disfunción que le aqueja, ya sea con videos, libros, revistas, grupos de
estudio y, muy deseable, lejos de aislarse u ocultar tal complicación, compartirlo
con sus amistades. ¡Cuidado con la reclusión, pues más bien puede alimentar la
ansiedad! Atención con rehusarse: es bien conocido que “lo que resistes, persiste”.
***
Una sugerencia
que considero oportuna, la he adaptado del maestro tibetano Tsoknyi Rinpoche[1]
quien se refiere a ciertos patrones mentales complejos (tristeza, ira, miedo,
enojo irracional) como monstruos hermosos: monstruos, porque al principio
inspiran miedo y se les ve cual enemigos, pero a la vez generosos porque una
vez que los aceptamos con sensatez y comprensión, se vuelven enriquecedores.
Para conciliarnos
con ellos, este docente de la meditación propone la práctica del apretón de
manos: una actitud que consiste en extenderles la mano sin juzgarlos ni resistirse,
y más bien conocerlos y acogerlos con bondad y gestos amorosos.
En el caso de los TOC, esos incómodos
flashes de imágenes e ideas
repentinas se verían inicialmente según seres extraños presentes en nuestra
cabeza, pero con voluntad y resolución, con ese apretón de manos, podemos familiarizamos,
comprender que no son tan nocivos y que podremos convivir con ellos sin peligro
alguno, hasta llegar a una reconciliación.
Las palabras
que un psiquiatra pronunciaba a sus pacientes, resultan muy alentadoras y de
mucha ayuda en estos casos: “Hay que
entender que el TOC no es un trastorno mortal y, conociéndolo perfectamente, se
puede convivir con él. ¿Por qué preocuparse?
También escuché
a una psicóloga aconsejar a sus pacientes que cuando se presenten esas molestas
ideas invasoras, las reciban con simpatía: “hola
visitantes, qué tal. Permítanme estrecharles las manos; pasen adelante y
siéntense. Pronto las atiendo. Por ahora estoy en otros quehaceres”. Estrecharles
la mano significa permitir que el sentimiento sea pleno.
***
Otra recomendación
quizá valiosa para complementar los conceptos anteriores, es la de recurrir a los
llamados antidepresivos naturales de que dispone nuestro cerebro, como los
denomina el psicólogo clínico Elisha Goldstein[2].
Dentro de esos antidepresivos destaca el Mindfulness que es conciencia
plena; es la acción de usar deliberadamente los cinco sentidos y dirigirlos por
completo al momento presente.
Entonces cuando
cerramos la puerta y accionamos el pestillo, estamos en eso; solamente en esa
acción e incluso nos obligamos a escuchar el sonido del doble cerrojo. Me
digo: observé y escuché con plena atención, el acto de cerrar la puerta. No
pienso más en esto. Me marcho al trabajo y me concentro enteramente en la ruta.
De igual manera,
cuando desconecto la cocina eléctrica, estoy con absoluta conciencia de la
operación: Veo el movimiento de mi brazo, halo el cable, lo visualizo
atentamente y de inmediato emprendo otra tarea. No tengo tiempo de repetir la
operación. Sé que ya la hice.
***
Otra observación que puede ser
útil es lo que se podría denominar “mantener el récord”. Si un paciente lograra
dejar de contar los escalones del piso del edificio, puede felicitarse por ese
logro y llenarse de coraje. La siguiente vez y la próxima también, ya bien
animado, tampoco lo haría pensando en no romper ese récord tan bonito que
ostenta en su consciente, de no contar escalones. Así habría dominado tal obsesión.
Puede reforzar su
trofeo con expresiones como: “me
felicito; yo soy poseedor de una gran voluntad”.
Esto también
aplica muy bien digamos, en el caso de los refrescos gaseosos. A una señora conocida
que padecía del trastorno, le mencioné eso de mantener el récord. Se interesó,
hizo un esfuerzo y dejó tres días de tomarlo. Aunque la ansiedad casi la hizo
caer, la logró vencer y ahora lleva seis meses sin probarlos. “Voy a
mantener mi récord. Sí puedo y no quiero perderlo. Voy a llegar al año”.
Consideraciones finales
Independientemente
de las circunstancias, hay que tener presente que una persona con tal
condición, seguirá teniendo sus dificultades, pero con un buen planteamiento y
enfoque, es posible entrenar y moldear el cerebro a disponer
de los recursos
necesarios para aceptar y minimizar el trastorno.
La prevalencia mundial de este
problema neuropsiquiátrico es relativamente baja: aproximadamente el 2% de la
población mundial[3].
En un país como México, habría 3 millones de habitantes según la doctora
Laura Barrientos Nicolás, de la Facultad de Medicina de la UNAM,[4].
Por extensión, en Costa Rica serían aproximadamente 130 mil las personas con
ese mal.
De cualquier modo, el
trastorno obsesivo compulsivo de ninguna manera debe satanizarse, pues bien
canalizado, lo cual sí es posible, puede ser beneficioso.
En el caso de un ensayista con
esa condición, sería importante cierta meticulosidad y resistente disciplina a
la hora de redactar y revisar varias veces el escrito, a fin de mejorar la presentación
final. Si ya ha comprendido y asimilado su padecimiento dándole un sentido
apretón de manos, es seguro que lo minimizará y más bien se mostrará agradecido
con él por ayudarle en sus tareas de escritor.
De la misma
manera un empleado con este padecimiento, difícilmente llegará tarde a su
trabajo, será ordenado en su jornada laboral, mantendrá al día sus actividades y
su papelería en estricto orden.
Bien podría
afirmarse que las personas obsesivas son importantes en una sociedad.
El
trastorno obsesivo compulsivo por su misma particularidad a veces irónica,
ha sido llevado al cine y al teatro. En Ava, una película de acción
(2020), la madre de la protagonista toca madera constantemente. En el filme Luz
negra (2022), es bastante evidente al espectador que el actor principal
padece tal complicación. Causa hilaridad ver al agente investigador abrir y
cerrar tres veces la cerradura de la puerta principal.
En televisión
puede verse "Toc Toc", una comedia española que representa a
un grupo de pacientes que tienen su cita con el psiquiatra, a la misma hora.
***
El siguiente chascarrillo me
lo refirió Ramiro, el feliz dominador de su afección; tan feliz, que como
señal de agradecimiento optó por guardar, cual grato recuerdo, algunas cápsulas
del fármaco prozac que tomaba.
Resulta que
cierta vez cuando le iba a cancelar en efectivo la consulta al psiquiatra,
comenzó a disponer los billetes colocando escrupulosamente la imagen de cada
uno de frente y hacia arriba. En eso, le dijo el médico: “¡Oh! No se moleste. Yo mismo los
acomodo; ya debo irme porque no recuerdo si cerré bien la llave del tubo del
jardín”
[1]
Goleman, D. y Rinpoche, T. Por
qué meditar. México. Penguin Random House grupo editorial. 2023.

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